LOS CARDENALES







Esa mañana Alcira se dispuso a reposar en el patio posterior, ubicó la silla que se balanceaba bajo la enramada, los mosquitos sobrevolaban alrededor, pero no eran gran inconveniente, había tenido un sueño rarísimo y estaba ansiosa de contárselo al viejo Miguel.

—Vení viejo, te cuento lo que soñé.

— Aguanta, acerco el banquito.

Acababa de cumplir 17, justo antes de comenzar a salir, era una joven serena, llena de vida, mamá Rosa me había pedido el mandado de la semana y no dude en ir a la tienda del viejo Jacob tu papa para comprar los 10 pesos de queso, así podría verte cuando sin afanes te acercara a ayudarlo a alcanzar los cuchillos que guardaban en las repisas altas de los estantes.

—Aja, señor Jacob, me da 10 de queso y me pesa 20 papas. —le dije.

—Aguanta mija que hoy estoy solo. —respondió.

—Y eso, ¿que se hizo su hijo?, el que siempre le ayuda. —le pregunte como quien no quiere saber.

No te había visto desde la mañana, era raro, pero no lo suficiente para alertarlo, él sabía que entre la escuela y la casa, habían unos veinte mocosos que sonsacan a cualquiera. —Llegara más tarde— menciono el viejo. — ¡Erda!— conteste.

Las ganas de verte se habían esfumado, el trabajo en cambiarme el vestido y limpiarme la cara manchada de mango se había perdido, al regreso a la casa, el tumulto de la gente era agobiante, donde crecimos en San Cagua es en pueblo pequeño, pero ese día parecía que había llegado gente de todo el país, la calle estaba a mas no poder, la algarabía se hacía sentir, los niños chillaban y las viejas murmuraban, tu papa el viejo Jacob salió corriendo de la tienda, ¡Miguel! grito en su afán, volví la cabeza hacia el tumulto y entre las piernas de los peladitos, vi tu pie descalzo.

—¡Aja vieja!, treinta y tres años casados y ahora sueñas con mi muerte— dijo Miguel.

—Aguanta viejo, que aún falta la parte más rara. — añadió.

Después de que el viejo Jacob apartara a la gente para ver quien estaba en el piso, sobre tu pecho había tres Cardenales, pero estos en lugar de tener la cabeza roja, la tenían dorada, cual lingote de oro reluciente al sol de mediodía.

—¡Aja! ¿y después qué? —dijo el viejo

—Después nada, me desperté.

—¡Tanta joda pa´ eso, erda vieja!

Alcira creía que aquel raro sueño significaba algo, esos tres animales, con sus colores tan únicos y sobre el pecho del viejo, no era un sueño muy común, como pudo pensó en mamá Rosa y el viejo Jacob, ya llevaban un tiempo muertos, pero quizás sus almas andaban por ahí, cobrándose con pesadillas las faltas de visitas al descanso mortuorio, cuando se vio completamente reposada, encargo al viejo atender la casa y salió rumbo al cementerio, cuando llego, compro dos ramos por diez mil y como perro arrepentido y con la bendición de frente, cruzo el cementerio de extremo a extremos, con paso sereno y la cabeza baja hasta la tumba de mamá Rosa.

—¡Aja vieja!, aquí le traigo pa´ que dispense.

No era culpable de nada y aun así, clavaba afanada el mentón sobre sus grandes pechos como soportando el regaño de quien desde lo alto, le enseña lecciones a gritos, tras unos minutos con la vieja esperando señales o respuesta y sin antes regalarle un Ave María, para que bajo tierra socorrieran su alma desecha y encontrara refugio en las tinieblas, golpeo tres veces el frio concreto y se dispuso a ir donde el viejo, el mismo que amigablemente le tendió la mano cuando se juntó con Miguel y se convirtieron en enamorados. El viejo Jacob estaba en la zona baldía, pues los asuntos de la mala vida que había llevado en la tierra de vivos, lo condeno al sepulcro en la miseria, sin más lujos que una leña donde reposa el cuerpo podrido a sabiendas de quien ni misericordia espera. Cuando llego a la ya casi derrumbada y desolada tumba, se encontró de frente con un nido, el mismo aguardaba un huevo, solo y sin la protectora, después de esperar un rato la llegada de la madre, no vio más remedio que llevarlo consigo, toco tres veces la tumba del viejo y rezando un padrenuestro para que el mismo, en su frio mortuorio tuviera descanso en las tinieblas, se llevó el nido donde guardaba reposo el huevo.

— ¿Y tú que traes ahí? —Pregunto el viejo a su llegada.

—¡Aja! pues un huevo, de una pájara descuidada, quizás sea un canario y lo podamos vender en la plaza, o un periquito australiano y lo regalamos a la ahijada.

—Vieja, pero estás loca, que tal y eso sea una salamandra, te veré comprando moscas para regalarle a la ahijada como alimento, o vendiéndola en la plaza como iguana enana. El viejo se rio tan frenéticamente que contagio a Alcira, que más daba, ya lo había traído a casa y no estaba dispuesta a botarlo, así tendría una ocupación para después de la siesta del medio día y antes de la siesta de la noche, aparto un espacio para el nido, en las tarde lo dejaba a la luz del sol y de noche lo arropaba en mantas, así pasaron los días y semanas, el viejo veia que Alcira esperanzada, añoraba el día en que del huevo eclosionara y cualquier tipo de animal saliera, pero nada, pensaba en que quizás el huevo no servía, una mañana, después de un mes con el huevo en casa el viejo se decidió a matarle la esperanza.

—¡Esa vaina no sirve vieja, no seas obstinada!

—Que vas a saber tú. —Mencionaba ella ilusionada

—Testaruda eres nomas.

Así las semanas pasaron y la vieja cada día más harta del huevo sin resultado decidió sacarlo al patio y que fuera lo que Dios quisiera, así fue, esa noche saco el huevo en el nido y se fue a descansa. A la mañana siguiente el canto de los pájaros en el patio la despertó y junto al nido dos Cardenales cantaban, yendo y viniendo, volando a trevés de la enramada

—viejo. —grito Alcira llamando a Miguel que aún estaba en la cama y continúo.

—Mira lo que hay aquí, son unos Cardenales.

Cuando el viejo corrió al llamado se encontró la escena, Alcira estaba junto al nido y los pájaros, se acercaban a ella y del pequeño huevo salió un pequeño Cardenal, con la cabeza dorada.

—El sueño.

Exclamo la vieja ensimismada hasta la sangre y cuando volvió la cabeza hacia el viejo después de contemplar al ejemplar Cardenal, se encontró con Miguel, tirado y sin aliento, pálido cual papel, frio cual carne ex viva, tieso cual cuerpo sin alma, sin vida. 

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David Bernal

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  • David Bernal
  • Februari 24, 1989
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