EL BUNKER





Esa mañana la alarma antiaérea me despertó, no la había escuchado hace años, Dolores y Hernán sabrían que hacer, pero yo no, mire a cada rincón de mi habitación, en la oscuridad perpetua no vislumbraba mi estado, echado en mi cama, con solo la ropa de dormir, sin estar del todo en sí pero, con la alarma antiaérea sonando. Aunque ni Dolores ni Hernán gritaran despavoridos por sus vidas, avisando de las nefastas situaciones, como la última vez que sonó, sabia casi intuitivamente lo que debía hacer y de los instintos más bajos el de supervivencia se apodero de mi cuerpo. De sopetón me levante, me puse zapatos, el abrigo y la alarma no cesaba, 3 libros de pasta gruesa, 2 tinteros a medio usar, una resma de papel blanco y una pluma demasiado costosa para dejarla en casa, fueron las cosas que me atreví a sacar. Corrí protegiendo mi vida, protegiendo mi soledad, Hernán tenía un búnker en el patio trasero, se encontraba bajo el nogal que nunca dio fruto, bregue en entrar, 20 años de césped y la buena maleza que no le faltaba al árbol cubría la escotilla, arranque todo con las uñas, no tenía intenciones de quedarme fuera, no esperaba morir por una bomba aérea. Ya dentro note que no habían suministros, los primeros estruendos se sienten al contacto con la tierra, no podría volver a casa, no sé si la misma sigue en pie, no habrá más remedio que ingeniárselas aquí dentro, achiqué los ojos, busque las buenas velas para iluminar y no estaban, no habían. Tome la primera hoja del manojo bajo mi brazo, busque un cerillo sin éxito alguno, Dolores volvía a mi mente con sus historias de cómo se encendía las estufas cuando era joven, con el ferrocerio que sin duda alguna se pudría en recuerdos como todo allí dentro, una especie de herramienta con una cavidad cóncava, que al apretar genera chispas, eso era lo único que me podía ayudar. La busqué sin cesar, más bajo un gabinete se regocijaba de mi estupidez inmortal, cuando me hice a ella encendí una hoja, no sabía cuánto tiempo estaría allí y solo la lectura me mataría sin dudar, así que dé a una hoja empecé a quemar. Ya con un poco de luz vislumbre, 8 enlatados de frijoles iniciaban la alacena, 2 jamones y una botella de ginebra, mala mi suerte al haber pensado en que en aquel mísero lugar podría sobrevivir con lo que saque bajo el brazo de casa. Una extraña pesadumbre recorrió mi cuerpo y en ese momento me di cuenta, no estaba solo allí, alguien más estaba, lo sentía frente, lo sentía a los lados, y atrás, jugaba con migo, se movía a la par con mis movimientos, se escondía, quizás me miraría con el mismo desprecio que yo lo haría, mas no lo veía, pero lo sentía. Han sido minutos de zozobra, sigo escucho la alarma antiaérea, me había aventurado a explorar el lugar, he encontrado lo que puede ser una vieja colección de libros, todos poemarios, ¡que desdicha!, he encontrado ropas viejas, juguetes de niño, y 3 macetas que describen ser Jacintos, pero solo son ramas secas que con gusto use como antorcha para iluminar aquel lugar. Ya sé quién me mira, el búnker se encuentra recubierto de espejos, que desquiciado habría tenido idea más estúpida, he encontrado una bombilla y la electricidad funciona a la perfección, mas no quiero iluminar este satánico lugar, el miedo de que aquel que se reflejan a mis lados me mire a toda luz me perturba. Y acá sigo, ya no se escucha la alarma antiaérea, ya no se sienten los estruendos al impactar la tierra, solo siento que aquel me ve, solo no dejaré que se consuman las hojas, solo no prenderé la bombilla otra vez.

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David Bernal

Seo Construction

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  • David Bernal
  • Februari 24, 1989
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